A ritmo frenético, siento mi corazón latir tan fuerte que parece que revienta el pecho. Siento la presión en el ambiente y mi mente intenta no pensar en nada, pero no puede. Una pregunta ronda mi cabeza: ¿qué me espera ahí fuera? ¿cuánta gente deseosa de verme aparecer espera para darme una gran ovación y corear mi nombre? ¿Cuanta para aplaudir mi gran obra? La obra que he logrado tras tanto esfuerzo y dedicación. Día a día, paso a paso y nubarrón tras nubarrón, al final, lo he conseguido. Llegó la calma y, con ella, la consecución de mi objetivo, mi sueño, al fin al cabo, el fin de mi lucha. La paz de sentir que tanta gente puede disfutar de mi gran obra.
Llega el momento, la boca se seca, intento tragar saliva que no hay, el corazón explota. Me acerco al pasillo que lleva al escenario. Paso a paso, me acerco a la puerta, el bullicio se hace cada vez más fuerte, poco a poco, se vuelve ensordecedor. Ya estoy frente a la puerta, la abro y un gran escenario de luces y color explota ante mis ojos. Increíble, todo por mí, por mi gran obra. Subo los tres escalones que separan el íntimo mundo del "artista" en soledad al mundo de ensueño que tanto se desea. Bullicio, bullicio y más gritos. Es ensordecedor. Alto, corean mi nombre; más alto, gritos al viento cargados de sentimiento, agradecimiento y aplauso por mi gran obra.
No me lo creo, es un sueño, lo he conseguido, pero... hay algo que no me cuadra. Pienso en lo bien que me siento, pero me da rabia. Miro a mi alrededor y me asombro, pero me da impotencia. Me cuestiono. Me da asco ver tanta gente, personas en concreto, que aplauden por mi gran obra. Una obra necesaria y querida, ahora lograda. Me da asco, me repugna estar aquí. Yo no quería esto. Yo quería cambiar el mundo y lo he conseguido, pero me repugna que se aplauda. No debería destacar por genialidad. Es una necesidad no una obra de arte.
Diego Montero Pecharromán,
a todos los políticos que prometen cambiar el mundo
para ganarse los aplausos.Madrid 2008
